Thursday, July 03, 2008
Furia se va...
...al puntocom.
Como notarán al llegar, ella decidió mudarse a otra parte. Atarantada como es, todavía no ha pintado las paredes, y perdió las llaves de esta casa con algunos muebles todavía adentro. Lo lamenta, esos muebles le gustaban mucho... ya verá cómo hace para llevárselos. Atarantada como es, todavía con un montón de cajas por todas partes, sin cama y con latas de pintura regadas por el piso cubierto de periódicos, los invita a darse una vuelta por la casa nueva en furiademais.com
Agradece que durante todo este tiempo hayan venido por acá, y les espera por allá. Mientras pinta, seguro que no va a escribir nada, pero la atarantazón no le permite esperarse más.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 10:20 AM | Permalink |
Monday, June 16, 2008
3 hombres
* Me gustas. Te veo y me gustas mucho. Imagino que extendés esa mano afilada de dedos larguísimos y me tocás despacio la mejilla. Un escalofrío me pone la piel de gallina. Despacito cuento las veces que parpadeas entre silencios y me tiembla el pulso al levantar la taza de café. Y me contengo mirando hacia la puerta mientras no te digo que me muero por rozar con la lengua ese camino de piel desnuda que se abre entre el cuello de tu camiseta verde y el lóbulo de tu oreja.
* Si yo tuviera unos 10 años menos, te creería todo. El problema es que no me interesa si te gusta o no el largo de mis piernas o si cerrás los ojos cuando te hablo para reconstruir con talento de clarividente todo ese norte de piel cubierta por lana y denim que a vos no te tocará ver nunca: hace tiempo que nadie me saca la ropa diciendo que soy inteligente mientras me mira el culo con lascivia.
* No. No crea que mi interés en usted tiene segundas intenciones. No crea que es angustia, envidia de pene o enamoramiento atroz... La verdad, lo que me impulsó a quedarme mirándolo fijamente por casi dos minutos fue la grotesca y babosa combinación de su camiseta retro, su ego y sus zapatos.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 1:53 PM | Permalink |
Thursday, June 05, 2008
memorô o algo
Son exactamente las 6 y un cristal empañado me separa del aire limpio de las tardes con lluvia, cuando el agua lava el rostro de la ciudad, y todas esas cosas. Del otro lado del angosto pretil sigue en pie el balcón con cenizero en el que guardaba mis colillas del receso de estudiante de primer ingreso.
Sé que todo sigue igual del otro lado: tres sillas en fila junto a la pared, de espaldas a un pizarrón con avisos y bromas un poco maltusianas, menos inteligentes y casi filosóficas. Desde arriba una sabe que los copos de ceniza caen sobre las cabezas de los paseantes, y eso da pena y risa, y un poco de miedo a veces. Todo sigue igual: al final del pasillo, las escaleras que bajan y las que suben, y hacia el otro lado un zaguán en el que las aulas se enfrentan unas a otras hasta que la oscuridad alcanza el final de otra escalera, siempre mojada y resbalosa en invierno.
De este lado del cristal, con la noche lavada cayendo como una cortina de teatro sobre los espejos, alcanzo a mirar completo el balcón con su pizarra mientras me pregunto -súbitamente interesada en el tema- si alguna filósofa disertó en algún momento sobre la cuestión de la vida y la persona.
El recuerdo que me aprisiona al balconcito con pizarra se ha venida acercando en los últimos 10 minutos: primero se deslizó a traición por la puerta de la entrada, y me vino siguiendo escalera arriba, para posarse en el pasillo, medio escondido. He esperado mirando hacia el otro lado, ignorando al recuerdo que a ratos se impacienta y se me acerca un poquito por detrás, como quien no quiere la cosa, como quien va pasando y se detuvo a mirar.
Recuerdo hijodeputa. Me volteo y lo encuentro ahí, parado en silencio, como si tuviera miedo de abordarme. Lo tomo por el cuello y lo arrastro hasta el cristal, para que miremos juntos el lugar y la hora precisos. El lugar y la hora aquellos. El examen de literatura griega. Las diez de la mañana de un día de marzo. Mis zapatos gastados de estudiante becada. El bolso azul cargado de las más improbables idioteces. La falda y la blusa y el calor. Y los ojos cansados por estudiar la noche entera intentando no pensar en otra cosa. Cuatro días exactos desde que me enteré de que mi primer idilio universitario tenía novia. Desde que, obviamente, siguiendo las normas de convivencia de cualquier muchacha de campo, le dije que yo no podía seguir saliendo con un muchacho que ya tenía novia. Cuatro días sin saber nada de él y pensando, lógicamente, que era un descarado y un sinvergüenza atroz.
¿Te acuerdas, recuerdo? Ese frío necio y oscuro de las aulas que no reciben sol por la mañana, Hesíodo discertando sobre la creación del mundo. Yo, de pelo largo, cuando aún pensaba que la gente que lee mucho tiene buena ortografía. La salida del aula para regresar a casa, un poco liberada del peso del semestre, pero cargando el lastre de un idilio incompleto que no llegó a nada porque el desgraciado tenía... Y él ahí, sentado en la silla junto al balcón. Siempre mirando al pasillo para no perderme de vista al pasar. Él con cara de trasnoche, de no haber pegado un ojo, de impaciencia y deseo, de no-me-dejes-así. Claro, recuerdo, el orgullo se infla cuando tienes un hombre destrozado de amor frente a vos... Y nada peor para una chica como aquella que la adulación. La historia un poco confusa de la noche en vela, de la novia que se había enterado de lo nuestro, de cómo había amanecido en la calle y soltero, sin el santo y sin la limosna, con frío y con sueño, y con ganas de venirse conmigo a mi piso, por siempre y para siempre. Nada peor, recuerdo, que mirar a un hombre deshecho. Y casi, recuerdo, por un asomo de compasión, de autoindulgencia, de vanidad... casi, recuerdo... Pero acuerdate, que lo sabes bien, porque se te nota en esos ridículos zapatones rojos que traes puestos... Acuerdate cuán prosaico era el hollejo de frijol negro que asomaba en la encía superior, justo encima del incisivo derecho. Acuerdate de cómo me aguanté la risa, recuerdo. Acuerdate de cómo me fui a casa con vos ya chiquitito pisándome los talones...
Entonces esto es todo, pienso regresando al balcón, porque el recuerdo se ha ido avergonzadísimo a esperar una mejor ocasión para aparecer de nuevo. Y sí, es todo. Ya la lluvia terminó de lavar la tarde, y la cortina cayó por completo para tapar el contraste horroroso de un hollejo de frijol negro en un rostro completamente rubio, una boca completamente blanca. Y me río impúdica y prosaica.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 11:15 AM | Permalink |
Monday, May 26, 2008
Post ñoño.
Cada vez que mayo hace su violenta aparición, empapada y triste, tiendo a acordarme hasta la muerte de vos. Siempre el mismo cielo gris sobre nuestras cabezas, largas caminatas en las que deseaba el imposible de tu mano sujetando la mía. El paraíso de tus dedos apartándome el pelo de la cara mientras el viento jugaba con mi blusa celeste. Vos, yo, la copa del cielo sobre nuestras cabezas y una lluvia majadera y lenta calándonos los huesos.
Ya no hay blusa celeste, ni campana de salida, ni caminatas por la orilla de la carretera, ni lluvia persiguiéndonos, ni manos, ni el cielo, ni nada.
Ahora mayo se cuela por las ventanas y las goteras, y me acerca tu aliento tibio a la hora de la siesta y sueño que al doblar una esquina cualquiera vos aparecés de la nada y nos emocionamos y te acercás corriendo y me das un beso. Y cuando me despierto hay como una sensación de temporal pegada en mi piel y siento la inmensa culpa de no haberte dicho nunca que me moría por vos.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 4:10 PM | Permalink |
Monday, May 12, 2008
Sueño*
No son nada sencillos los intrincados rumbos que toma la memoria en una tarde de lluvia. La memoria se desliza entre los dedos como si fuera pura arena, puro polvo, y se asienta a los pies del sofá como una telaraña adherida a las piernas, como si el sueño del que acabas de salir no se acabara en el sueño, y te pesara en los brazos, y te hiciera caminar con torpeza. En una tarde de lluvia, después de soñar que tu belleza triunfa sobre la muerte, que tienes los ojos de Francoise Hardy, y los labios de la doncella más hermosa de alguna corte olvidada, y el paso fino y leve, y las manos de dedos largos y tacto cálido, te podrías preguntar por qué la fantasía te lleva a una tarde de enero en la que corres calle abajo a la hora de la siesta y todas las puertas están cerradas. Te preguntas por qué ese hombre te sigue con un arma en la mano riendo perversamente y jurando advertencias en las que puedes implorar piedad a los cuatro vientos pero ni un alma, ni un perro, ni un pájaro, van a asomar la cabeza entre las cortinas, o las rejas, o las ramas, para escuchar cómo pides ayuda porque ese hombre con el que vives y duermes y comes de repente ha decidido que va a matarte porque injustamente le has dicho que ya no lo quieres. Te preguntas cómo el amor puede ser tan grotesco y tan noble a los veinte años, y regresas de la tarde de enero y te encuentras con tu casa, y tu perro, y tus recuerdos nuevos, y un jardín con hortalizas frescas, y ganas de comer una ensalada, y puede que cerca de las cinco se te antoje caminar por el barrio y bajar al centro y tomar involuntariamente un autobús y encontrarte de pronto caminando calle abajo hasta una pequeña casa con una sola ventana y un parquecito al lado y pensar “aquí fui tristemente feliz”. Y también puede que inesperadamente te ataque un pánico pequeño e innombrable, y que huyas mirando hacia todas partes con miedo de que él aparezca de nuevo y te apunte con un arma y esta vez no lo traicione el temblor de su pulso y alguien tenga que venir desde tu pueblo a decir entre sollozos “sí, ella es mi hija”, o “sí, ella es mi hermana”, y mientras piensas en todo esto y caminas con ferocidad hacia la calle a esperar un autobús que te lleve a casa, súbitamente te golpea el rostro aquella otra tarde en la que le explicabas a tu hermano que te ibas de casa, y le dabas una carta para tus padres, y preparabas tu maleta para irte y no volver nunca, porque el muchacho aquel que decía quererte tanto vendría desde la ciudad hasta tu pueblo a ayudarte a recoger tus cosas y así podrías evitar las miradas inquisidoras de tu madre y ser grande de una vez por todas, y en ese momento pasa el autobús y en el camino piensas en tu amigo feo e incondicional que siempre pajareó alrededor de ustedes, que un día, cuando decidiste irte para siempre, te acompañó a casa a recoger tus cosas para que nada de lo que el otro dijera, ya fuera quédate o te amo... el amigo que esa noche se fue tras dejarte feliz y reconciliada con el muchacho adicto que a veces te golpeaba, y a veces se iba de putas, y a veces no regresaba en semanas, pero que te quería tanto y te daba tanta pena y tanto miedo... Y entonces te sorprende la ciudad, que ha cambiado tanto, y miras esa calle en la que ya no queda nada de lo que conociste al llegar, ni un café, ni una librería, y te aturde pensar que de todas las veces que te has ido esta es la que más te ha dolido regresar y entonces el recuerdo de tus pies descalzos y un vestido de flores que él te regaló, y el cabello largo y una sonrisa franca que dejaste perdida al doblar quién sabe cuál esquina hace quién sabe cuántos años, y cómo ese amor tuyo que era transparente y delicado y verdadero se convirtió en un pozo cristalino cuyo fondo está cubierto de fango y hojas podridas y algún que otro sapo o alimaña y entonces te das cuenta de que no es posible apartarse de la mente algunas telarañas y de que hay cosas que alguna vez, alguna tarde, como hoy, que llueve y tu perro juega con la alfombra, por algún truco incomprensible de la memoria, todo se tiñe de algún color cliché –sea gris, sea azul- y entonces agradeces cualquier llamada, cualquier ladrido, cualquier canción que te saque del letargo y puedas volver a decirte que todo está bien, que siempre, por más mal que estuviera todo, todo estuvo bien.

*o del miedo de leer a Virginia Woolf

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DeSaFoRaDo PoR furia at 3:36 PM | Permalink |
Tuesday, May 06, 2008
"Mi trágica yo"
* Incapaz, con una total falta de agresividad ante el mundo, entra a la pulpería a cambiar un billete de 5 mil para pagar el taxi. Si todo fuera tan fácil como preguntarle al señor pulpero -que además es su vecino de al lado y tiene hijos con quienes ella juega los sábados por la tarde- si le puede cambiar el billete para pagar el taxi, ella no estaría saliendo de la pulpería con un paquete de cigarrillos en la mano, el cambio en la otra y un pensamiento en la cabeza: di, qué bruta, me hubiera comprado un yogurt... Cuando en su oficina vean un paquete de Marlboro mentolado sobre su escritorio y le pregunten si comenzó a fumar, ella solo podrá decir que los cigarrillos llegaron ahí por su afán de no molestar a nadie...

* El teléfono no ha parado de sonar hoy, jueves 1ero de mayo, día de las personas que trabajan. La primera vez fue a las 7.30 de la mañana, y ella se levantó a regañadientes pensando que era una llamada urgentísima de su mamá. No: del otro lado de la línea, una señora medio lenta le espeta: sí, buenos, días... es para hacer un pedido... Un pedido como de qué????, piensa ella en silencio... En fin, ante la falta de respuesta, la señora, muy confundida, ataca de nuevo ehhhh... ¿no es oriflame? NO!!!! grita ella con ira apocalíptica antes de estrellar el auricular contra la base. El día ha transcurrido entre múltiples llamadas para hacer pedidos de oriflame, de diversas señoras demasiado despistadas o demasiado idiotas que insisten en confundir el 5555-5555 con el 1111-1111, TAAAAANNNN parecidos. La llamada #17, la sorprende de mal genio y peor digestión a las 3 de la tarde, y malignamente decide tomar el librito de oriflame (que hace días le pidió a una amiga para comprar un antifaz de gel) y comenzar a tomar los pedidos de todas las señoras con mucha eficiencia y educación.

* En su afán de no molestar a nadie, se cruza de acera para que sus amigas -siempre tarde- no se atrasen en saludarla y puedan seguir su camino sin que nada las perturbe. En esos momentos puede que se le antoje entrar a una tienda, pero le da pena interrumpir con su presencia la charla vespertina de las dependientas, y como sabe que ese sentimiento de culpa la hará comprar algo que no necesita -como un paquete de marlboro mentolados, por ejemplo- se mete las manos en los bolsillos y sigue su camino intentando no incomodar a la gente que viene en dirección contraria.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 12:33 PM | Permalink |
Friday, April 25, 2008
Somehow, feel the same...
La única verdad elemental de estos cinco minutos es que vos estás ahí y yo estoy aquí. En medio de nosotros la delgada línea que divide el amor del odio.
Verte después de 7 años viene a ser como una mala broma del destino, sobre todo para vos: me divisas a lo lejos y te venís corriendo con los brazos abiertos. Si pudiera, si no insultara a la historia, si no hubiera memoria colectiva para respetar, me habría escurrido por la lateral para driblar ese abrazo de bracitos cansados, cara de tonto, el mismo corte de pelo desde hace 12 años y una camiseta chafa de una banda que hace siglos dejé olvidada en los mixtapes que quedaron bajo la cama de algún apartamento en el que ya no vivo.
Corrés a abrazarme y yo siento la misma tristeza aburrida del día en que terminamos: vos como que querías llorar pero tenías la chicha atorada garganta arriba; yo como que quería reírme pero me daba un poco de lástima.
Olés igual, creo. Hablás igual, parece. Sos el mismo pelotudo primer novio con el que terminé en 4to de media. Abrís la boca... y entonces me doy cuenta de que sí, de que hay gente que nunca cambia. Y vos ponés ojos como de entender que te dejé congelado en el mismo instante en el que me fui para siempre, y de que con alguna gente sería mejor no sentirse como si esta conversación la hubiéramos dejado pendiente ayer.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 9:13 AM | Permalink |