Wednesday, May 16, 2007
El pequeño demonio de ojos encendidos
1. Estar sentada frente a esa pintura de Klimt. Esa que me gusta tanto. Mirarla de reojo, por arriba, por abajo, y aceptar de una vez por todas que lo que más me gusta es el suave trazo que sugiere un semioculto pubis de vello rojizo y encrespado. Sentir un escalofrío recorrerme la espalda mientras me digo que no, que no me gustan las mujeres...

2. La atmósfera se llena de humo blanco. Tener las manos vacías, una mesa húmeda frente a la barriga. Ese cenicero sugerente, con tres aberturas triangulares que contienen tres cigarrillos a medio fumar. Tres paquetes abiertos sobre la mesa húmeda. Tres tristes encendedores esperando una mano piadosa que les devuelva la razón de su existencia con un roce del pulgar sobre la piedra. Todos los demás mirando hacia otro lado. La mano que se estira tímida y lenta. Escoge un paquete y saca con disimulo el cigarrillo blanco. Lo enciende mirando fijamente a la llama. Lo acerca a la boca. Tres pitadas. Tos. La atención de toda la mesa sobre la mano culpable que ferozmente presiona la brasa contra el cristal.


3. Esa pared antes no era blanca. Cada día, desde hace más de un año, la he visto arrugada, gris y llena de moho, como un homenaje al olvido. Pero hoy, desde el otro lado de la calle, la he visto blanca, rebotando la luz del sol, hiriendo los ojos con el fuego que sale de su entraña pulida, limpia y recién pintada. Subo al autobús. Los ojos duelen. Antes de llegar a la oficina me detengo en la tienda: puede que esta noche se vaya la luz y la pared de mañana despierte untada de bloqueador.

4. Si me acerco un poco más podría sentir su aroma. Desde aquí solo veo su mano de dedos largos que sujetan un vaso. Una camiseta negra tiene sobre el pecho la leyenda I won´t fix your computer. Dicen que toca la guitarra... Entonces tomo mi botella y me voy a otra parte.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 9:41 AM | Permalink |