-"Todo, lo quiero todo..." Piensa él. Pero no dice nada, no quiere caer en excesos. Ella interpreta el silencio como la duda del hombre que no sabe con qué palabras decirle que quiere llevarla a la cama. El silencio sigue.
-"Vos, lo que querés, es lo que quieren todos...", le dice para ahogar el silencio.
-"Eso también...", piensa él. "Eso y todo lo demás. Te quiero toda... No quiero lo que quieren todos: quiero asfixiarte bajo el peso de mi cuerpo. Quiero que seamos hierro fundido y que cuando todo acabe nos enfriemos en una masa uniforme y sólida y seamos uno."
-"¿Qué es lo que quieren todos?" dice al final el hombre, como pensando en voz alta.
-"Vos sabés de qué te estoy hablando. Todos quieren lo mismo."
Más silencio.
El hombre juega con los restos del paquete de cigarros.
La mujer intenta una indolencia que por el artificio se aprecia como hastío.
El hombre sigue sin querer caer en excesos. Le gustaría decirle que la ama. Pero ¿qué significa eso? ¿Qué puede significar eso para ella? ¿Otro ardid para hacerla caer en sus garras?
Ella piensa, mirando hacia la puerta, que si él se atreviera a decirle alguna sandez relacionada con el amor, le tiraría la taza de café sobre la cara. A fin de cuentas, todos quieren lo mismo, y esta no será la excepción.
El hombre la mira con desamparo. La mujer lo mira con desafío.
A él le gustaría tocarle las manos: manos delgadas, de dedos largos. Manos para tocar. "¿Qué es lo que querés de mí?", resuena en su cabeza.
-"Te amo", le dice al fin. Y la mira a los ojos para terminar un juego que comenzó perdido.
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