Monday, May 26, 2008
Post ñoño.
Cada vez que mayo hace su violenta aparición, empapada y triste, tiendo a acordarme hasta la muerte de vos. Siempre el mismo cielo gris sobre nuestras cabezas, largas caminatas en las que deseaba el imposible de tu mano sujetando la mía. El paraíso de tus dedos apartándome el pelo de la cara mientras el viento jugaba con mi blusa celeste. Vos, yo, la copa del cielo sobre nuestras cabezas y una lluvia majadera y lenta calándonos los huesos.
Ya no hay blusa celeste, ni campana de salida, ni caminatas por la orilla de la carretera, ni lluvia persiguiéndonos, ni manos, ni el cielo, ni nada.
Ahora mayo se cuela por las ventanas y las goteras, y me acerca tu aliento tibio a la hora de la siesta y sueño que al doblar una esquina cualquiera vos aparecés de la nada y nos emocionamos y te acercás corriendo y me das un beso. Y cuando me despierto hay como una sensación de temporal pegada en mi piel y siento la inmensa culpa de no haberte dicho nunca que me moría por vos.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 4:10 PM | Permalink |
Monday, May 12, 2008
Sueño*
No son nada sencillos los intrincados rumbos que toma la memoria en una tarde de lluvia. La memoria se desliza entre los dedos como si fuera pura arena, puro polvo, y se asienta a los pies del sofá como una telaraña adherida a las piernas, como si el sueño del que acabas de salir no se acabara en el sueño, y te pesara en los brazos, y te hiciera caminar con torpeza. En una tarde de lluvia, después de soñar que tu belleza triunfa sobre la muerte, que tienes los ojos de Francoise Hardy, y los labios de la doncella más hermosa de alguna corte olvidada, y el paso fino y leve, y las manos de dedos largos y tacto cálido, te podrías preguntar por qué la fantasía te lleva a una tarde de enero en la que corres calle abajo a la hora de la siesta y todas las puertas están cerradas. Te preguntas por qué ese hombre te sigue con un arma en la mano riendo perversamente y jurando advertencias en las que puedes implorar piedad a los cuatro vientos pero ni un alma, ni un perro, ni un pájaro, van a asomar la cabeza entre las cortinas, o las rejas, o las ramas, para escuchar cómo pides ayuda porque ese hombre con el que vives y duermes y comes de repente ha decidido que va a matarte porque injustamente le has dicho que ya no lo quieres. Te preguntas cómo el amor puede ser tan grotesco y tan noble a los veinte años, y regresas de la tarde de enero y te encuentras con tu casa, y tu perro, y tus recuerdos nuevos, y un jardín con hortalizas frescas, y ganas de comer una ensalada, y puede que cerca de las cinco se te antoje caminar por el barrio y bajar al centro y tomar involuntariamente un autobús y encontrarte de pronto caminando calle abajo hasta una pequeña casa con una sola ventana y un parquecito al lado y pensar “aquí fui tristemente feliz”. Y también puede que inesperadamente te ataque un pánico pequeño e innombrable, y que huyas mirando hacia todas partes con miedo de que él aparezca de nuevo y te apunte con un arma y esta vez no lo traicione el temblor de su pulso y alguien tenga que venir desde tu pueblo a decir entre sollozos “sí, ella es mi hija”, o “sí, ella es mi hermana”, y mientras piensas en todo esto y caminas con ferocidad hacia la calle a esperar un autobús que te lleve a casa, súbitamente te golpea el rostro aquella otra tarde en la que le explicabas a tu hermano que te ibas de casa, y le dabas una carta para tus padres, y preparabas tu maleta para irte y no volver nunca, porque el muchacho aquel que decía quererte tanto vendría desde la ciudad hasta tu pueblo a ayudarte a recoger tus cosas y así podrías evitar las miradas inquisidoras de tu madre y ser grande de una vez por todas, y en ese momento pasa el autobús y en el camino piensas en tu amigo feo e incondicional que siempre pajareó alrededor de ustedes, que un día, cuando decidiste irte para siempre, te acompañó a casa a recoger tus cosas para que nada de lo que el otro dijera, ya fuera quédate o te amo... el amigo que esa noche se fue tras dejarte feliz y reconciliada con el muchacho adicto que a veces te golpeaba, y a veces se iba de putas, y a veces no regresaba en semanas, pero que te quería tanto y te daba tanta pena y tanto miedo... Y entonces te sorprende la ciudad, que ha cambiado tanto, y miras esa calle en la que ya no queda nada de lo que conociste al llegar, ni un café, ni una librería, y te aturde pensar que de todas las veces que te has ido esta es la que más te ha dolido regresar y entonces el recuerdo de tus pies descalzos y un vestido de flores que él te regaló, y el cabello largo y una sonrisa franca que dejaste perdida al doblar quién sabe cuál esquina hace quién sabe cuántos años, y cómo ese amor tuyo que era transparente y delicado y verdadero se convirtió en un pozo cristalino cuyo fondo está cubierto de fango y hojas podridas y algún que otro sapo o alimaña y entonces te das cuenta de que no es posible apartarse de la mente algunas telarañas y de que hay cosas que alguna vez, alguna tarde, como hoy, que llueve y tu perro juega con la alfombra, por algún truco incomprensible de la memoria, todo se tiñe de algún color cliché –sea gris, sea azul- y entonces agradeces cualquier llamada, cualquier ladrido, cualquier canción que te saque del letargo y puedas volver a decirte que todo está bien, que siempre, por más mal que estuviera todo, todo estuvo bien.

*o del miedo de leer a Virginia Woolf

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DeSaFoRaDo PoR furia at 3:36 PM | Permalink |
Tuesday, May 06, 2008
"Mi trágica yo"
* Incapaz, con una total falta de agresividad ante el mundo, entra a la pulpería a cambiar un billete de 5 mil para pagar el taxi. Si todo fuera tan fácil como preguntarle al señor pulpero -que además es su vecino de al lado y tiene hijos con quienes ella juega los sábados por la tarde- si le puede cambiar el billete para pagar el taxi, ella no estaría saliendo de la pulpería con un paquete de cigarrillos en la mano, el cambio en la otra y un pensamiento en la cabeza: di, qué bruta, me hubiera comprado un yogurt... Cuando en su oficina vean un paquete de Marlboro mentolado sobre su escritorio y le pregunten si comenzó a fumar, ella solo podrá decir que los cigarrillos llegaron ahí por su afán de no molestar a nadie...

* El teléfono no ha parado de sonar hoy, jueves 1ero de mayo, día de las personas que trabajan. La primera vez fue a las 7.30 de la mañana, y ella se levantó a regañadientes pensando que era una llamada urgentísima de su mamá. No: del otro lado de la línea, una señora medio lenta le espeta: sí, buenos, días... es para hacer un pedido... Un pedido como de qué????, piensa ella en silencio... En fin, ante la falta de respuesta, la señora, muy confundida, ataca de nuevo ehhhh... ¿no es oriflame? NO!!!! grita ella con ira apocalíptica antes de estrellar el auricular contra la base. El día ha transcurrido entre múltiples llamadas para hacer pedidos de oriflame, de diversas señoras demasiado despistadas o demasiado idiotas que insisten en confundir el 5555-5555 con el 1111-1111, TAAAAANNNN parecidos. La llamada #17, la sorprende de mal genio y peor digestión a las 3 de la tarde, y malignamente decide tomar el librito de oriflame (que hace días le pidió a una amiga para comprar un antifaz de gel) y comenzar a tomar los pedidos de todas las señoras con mucha eficiencia y educación.

* En su afán de no molestar a nadie, se cruza de acera para que sus amigas -siempre tarde- no se atrasen en saludarla y puedan seguir su camino sin que nada las perturbe. En esos momentos puede que se le antoje entrar a una tienda, pero le da pena interrumpir con su presencia la charla vespertina de las dependientas, y como sabe que ese sentimiento de culpa la hará comprar algo que no necesita -como un paquete de marlboro mentolados, por ejemplo- se mete las manos en los bolsillos y sigue su camino intentando no incomodar a la gente que viene en dirección contraria.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 12:33 PM | Permalink |