Monday, May 12, 2008
Sueño*
No son nada sencillos los intrincados rumbos que toma la memoria en una tarde de lluvia. La memoria se desliza entre los dedos como si fuera pura arena, puro polvo, y se asienta a los pies del sofá como una telaraña adherida a las piernas, como si el sueño del que acabas de salir no se acabara en el sueño, y te pesara en los brazos, y te hiciera caminar con torpeza. En una tarde de lluvia, después de soñar que tu belleza triunfa sobre la muerte, que tienes los ojos de Francoise Hardy, y los labios de la doncella más hermosa de alguna corte olvidada, y el paso fino y leve, y las manos de dedos largos y tacto cálido, te podrías preguntar por qué la fantasía te lleva a una tarde de enero en la que corres calle abajo a la hora de la siesta y todas las puertas están cerradas. Te preguntas por qué ese hombre te sigue con un arma en la mano riendo perversamente y jurando advertencias en las que puedes implorar piedad a los cuatro vientos pero ni un alma, ni un perro, ni un pájaro, van a asomar la cabeza entre las cortinas, o las rejas, o las ramas, para escuchar cómo pides ayuda porque ese hombre con el que vives y duermes y comes de repente ha decidido que va a matarte porque injustamente le has dicho que ya no lo quieres. Te preguntas cómo el amor puede ser tan grotesco y tan noble a los veinte años, y regresas de la tarde de enero y te encuentras con tu casa, y tu perro, y tus recuerdos nuevos, y un jardín con hortalizas frescas, y ganas de comer una ensalada, y puede que cerca de las cinco se te antoje caminar por el barrio y bajar al centro y tomar involuntariamente un autobús y encontrarte de pronto caminando calle abajo hasta una pequeña casa con una sola ventana y un parquecito al lado y pensar “aquí fui tristemente feliz”. Y también puede que inesperadamente te ataque un pánico pequeño e innombrable, y que huyas mirando hacia todas partes con miedo de que él aparezca de nuevo y te apunte con un arma y esta vez no lo traicione el temblor de su pulso y alguien tenga que venir desde tu pueblo a decir entre sollozos “sí, ella es mi hija”, o “sí, ella es mi hermana”, y mientras piensas en todo esto y caminas con ferocidad hacia la calle a esperar un autobús que te lleve a casa, súbitamente te golpea el rostro aquella otra tarde en la que le explicabas a tu hermano que te ibas de casa, y le dabas una carta para tus padres, y preparabas tu maleta para irte y no volver nunca, porque el muchacho aquel que decía quererte tanto vendría desde la ciudad hasta tu pueblo a ayudarte a recoger tus cosas y así podrías evitar las miradas inquisidoras de tu madre y ser grande de una vez por todas, y en ese momento pasa el autobús y en el camino piensas en tu amigo feo e incondicional que siempre pajareó alrededor de ustedes, que un día, cuando decidiste irte para siempre, te acompañó a casa a recoger tus cosas para que nada de lo que el otro dijera, ya fuera quédate o te amo... el amigo que esa noche se fue tras dejarte feliz y reconciliada con el muchacho adicto que a veces te golpeaba, y a veces se iba de putas, y a veces no regresaba en semanas, pero que te quería tanto y te daba tanta pena y tanto miedo... Y entonces te sorprende la ciudad, que ha cambiado tanto, y miras esa calle en la que ya no queda nada de lo que conociste al llegar, ni un café, ni una librería, y te aturde pensar que de todas las veces que te has ido esta es la que más te ha dolido regresar y entonces el recuerdo de tus pies descalzos y un vestido de flores que él te regaló, y el cabello largo y una sonrisa franca que dejaste perdida al doblar quién sabe cuál esquina hace quién sabe cuántos años, y cómo ese amor tuyo que era transparente y delicado y verdadero se convirtió en un pozo cristalino cuyo fondo está cubierto de fango y hojas podridas y algún que otro sapo o alimaña y entonces te das cuenta de que no es posible apartarse de la mente algunas telarañas y de que hay cosas que alguna vez, alguna tarde, como hoy, que llueve y tu perro juega con la alfombra, por algún truco incomprensible de la memoria, todo se tiñe de algún color cliché –sea gris, sea azul- y entonces agradeces cualquier llamada, cualquier ladrido, cualquier canción que te saque del letargo y puedas volver a decirte que todo está bien, que siempre, por más mal que estuviera todo, todo estuvo bien.

*o del miedo de leer a Virginia Woolf

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