Monday, June 16, 2008
3 hombres
* Me gustas. Te veo y me gustas mucho. Imagino que extendés esa mano afilada de dedos larguísimos y me tocás despacio la mejilla. Un escalofrío me pone la piel de gallina. Despacito cuento las veces que parpadeas entre silencios y me tiembla el pulso al levantar la taza de café. Y me contengo mirando hacia la puerta mientras no te digo que me muero por rozar con la lengua ese camino de piel desnuda que se abre entre el cuello de tu camiseta verde y el lóbulo de tu oreja.
* Si yo tuviera unos 10 años menos, te creería todo. El problema es que no me interesa si te gusta o no el largo de mis piernas o si cerrás los ojos cuando te hablo para reconstruir con talento de clarividente todo ese norte de piel cubierta por lana y denim que a vos no te tocará ver nunca: hace tiempo que nadie me saca la ropa diciendo que soy inteligente mientras me mira el culo con lascivia.
* No. No crea que mi interés en usted tiene segundas intenciones. No crea que es angustia, envidia de pene o enamoramiento atroz... La verdad, lo que me impulsó a quedarme mirándolo fijamente por casi dos minutos fue la grotesca y babosa combinación de su camiseta retro, su ego y sus zapatos.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 1:53 PM | Permalink |
Thursday, June 05, 2008
memorô o algo
Son exactamente las 6 y un cristal empañado me separa del aire limpio de las tardes con lluvia, cuando el agua lava el rostro de la ciudad, y todas esas cosas. Del otro lado del angosto pretil sigue en pie el balcón con cenizero en el que guardaba mis colillas del receso de estudiante de primer ingreso.
Sé que todo sigue igual del otro lado: tres sillas en fila junto a la pared, de espaldas a un pizarrón con avisos y bromas un poco maltusianas, menos inteligentes y casi filosóficas. Desde arriba una sabe que los copos de ceniza caen sobre las cabezas de los paseantes, y eso da pena y risa, y un poco de miedo a veces. Todo sigue igual: al final del pasillo, las escaleras que bajan y las que suben, y hacia el otro lado un zaguán en el que las aulas se enfrentan unas a otras hasta que la oscuridad alcanza el final de otra escalera, siempre mojada y resbalosa en invierno.
De este lado del cristal, con la noche lavada cayendo como una cortina de teatro sobre los espejos, alcanzo a mirar completo el balcón con su pizarra mientras me pregunto -súbitamente interesada en el tema- si alguna filósofa disertó en algún momento sobre la cuestión de la vida y la persona.
El recuerdo que me aprisiona al balconcito con pizarra se ha venida acercando en los últimos 10 minutos: primero se deslizó a traición por la puerta de la entrada, y me vino siguiendo escalera arriba, para posarse en el pasillo, medio escondido. He esperado mirando hacia el otro lado, ignorando al recuerdo que a ratos se impacienta y se me acerca un poquito por detrás, como quien no quiere la cosa, como quien va pasando y se detuvo a mirar.
Recuerdo hijodeputa. Me volteo y lo encuentro ahí, parado en silencio, como si tuviera miedo de abordarme. Lo tomo por el cuello y lo arrastro hasta el cristal, para que miremos juntos el lugar y la hora precisos. El lugar y la hora aquellos. El examen de literatura griega. Las diez de la mañana de un día de marzo. Mis zapatos gastados de estudiante becada. El bolso azul cargado de las más improbables idioteces. La falda y la blusa y el calor. Y los ojos cansados por estudiar la noche entera intentando no pensar en otra cosa. Cuatro días exactos desde que me enteré de que mi primer idilio universitario tenía novia. Desde que, obviamente, siguiendo las normas de convivencia de cualquier muchacha de campo, le dije que yo no podía seguir saliendo con un muchacho que ya tenía novia. Cuatro días sin saber nada de él y pensando, lógicamente, que era un descarado y un sinvergüenza atroz.
¿Te acuerdas, recuerdo? Ese frío necio y oscuro de las aulas que no reciben sol por la mañana, Hesíodo discertando sobre la creación del mundo. Yo, de pelo largo, cuando aún pensaba que la gente que lee mucho tiene buena ortografía. La salida del aula para regresar a casa, un poco liberada del peso del semestre, pero cargando el lastre de un idilio incompleto que no llegó a nada porque el desgraciado tenía... Y él ahí, sentado en la silla junto al balcón. Siempre mirando al pasillo para no perderme de vista al pasar. Él con cara de trasnoche, de no haber pegado un ojo, de impaciencia y deseo, de no-me-dejes-así. Claro, recuerdo, el orgullo se infla cuando tienes un hombre destrozado de amor frente a vos... Y nada peor para una chica como aquella que la adulación. La historia un poco confusa de la noche en vela, de la novia que se había enterado de lo nuestro, de cómo había amanecido en la calle y soltero, sin el santo y sin la limosna, con frío y con sueño, y con ganas de venirse conmigo a mi piso, por siempre y para siempre. Nada peor, recuerdo, que mirar a un hombre deshecho. Y casi, recuerdo, por un asomo de compasión, de autoindulgencia, de vanidad... casi, recuerdo... Pero acuerdate, que lo sabes bien, porque se te nota en esos ridículos zapatones rojos que traes puestos... Acuerdate cuán prosaico era el hollejo de frijol negro que asomaba en la encía superior, justo encima del incisivo derecho. Acuerdate de cómo me aguanté la risa, recuerdo. Acuerdate de cómo me fui a casa con vos ya chiquitito pisándome los talones...
Entonces esto es todo, pienso regresando al balcón, porque el recuerdo se ha ido avergonzadísimo a esperar una mejor ocasión para aparecer de nuevo. Y sí, es todo. Ya la lluvia terminó de lavar la tarde, y la cortina cayó por completo para tapar el contraste horroroso de un hollejo de frijol negro en un rostro completamente rubio, una boca completamente blanca. Y me río impúdica y prosaica.

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DeSaFoRaDo PoR furia at 11:15 AM | Permalink |